La Luz Azul

El olor del caldero se concentraba en la abarrotada estancia, impregnándolo todo con la humedad de sus vapores. La anciana hada vivía en esa vieja cáscara de nuez desde hacía siglos, o tal vez milenios. Su mente ya no sabía contar el tiempo como antaño. Guardaba cada ingrediente meticulosamente en los cajones de su mesita de cocina. Sobre la encimera, colgaban un sinfín de ollas y sartenes enganchadas a la pared rugosa de la nuez, en ganchos abarrotados. Sus amplias y alargadas fosas nasales aspiraron el vapor hasta llenarse los pulmones y sus alas atrofiadas emitieron un zumbido renqueante.
—Más achicoria —dijo para sus adentros agarrando un trozo de hoja y empezándola a desmenuzar sobre el caldero.
Sus dedos huesudos separaban las fibras con pericia mientras mantenía la mirada perdida en la oscuridad. Hacía tiempo que esos ojos blanquecinos no le servían, pero lo veía todo con el resto de su cuerpo. El hada se recolocó una mama por encima del hombro y empezó a remover el caldero susurrando una cancioncilla de las que le cantaba su madre.
Una tensión repentina le contrajo los músculos cuando oyó un zumbido acercarse en la lejanía. Sonaba a las alas de Estela, pero no era el zumbido de siempre. Cuando la oyó posarse delante de la portezuela de su cáscara, se sacudió las manos y empezó a caminar para abrirle, bamboleando el cuerpecillo añejo con cada paso. Los nudillos de Estela resonaron con determinación en la puerta y el hada esperó pacientemente a que le abriera la anciana.
—Pasa muchacha. Si está abierto —dijo sacudiendo una mano, desistiendo de llegar hasta la puerta.
—Buenas noches, mamá Agnes.
—¿Qué ha pasado?
—Pero, ¿cómo sabes que ha pasado algo?
—Hija, con esos pies que tienes, se te nota en los andares que me traes noticias.
—Mamá, algo se avecina en la sociedad de las brujas.
—¡Ah, magnífico! —gruñó airada—. Has vuelto a hablar con esa mujer.
—No es sólo una mujer. Es una bruja.
—Es lo mismo, Estela. No te juntes con humanos. Sólo traen desgracias.
La joven hada permaneció en silencio un segundo, haciendo acopio de fuerzas mientras cogía una amplia bocanada de aire.
—Nos queremos.
—No. Tú la quieres a ella. Ella quiere a la historia que le has contado. No puedes ir por ahí disfrazándote de lo que no eres. Si hubieras sido sincera, no te distinguiría de cualquier otro insecto.
Agnes pudo notar las mejillas de Estela acalorarse. No podía contar la cantidad de vidas de hadas que se habían perdido por esa fascinación de los jóvenes por los humanos. Ella recordaba muy bien ese sentimiento.
—¿Lo que ha pasado nos atañe? —preguntó la anciana con un tono más conciliador.
—Podría… —contestó parcamente Estela.
—Vamos hija. Sabes que siempre voy a tener oídos para lo que quieras contarme.
—La Reina ha muerto.
Oyó a la joven sentarse en el suelo junto al fuego.
—¿Muerta? Pero… ¿cómo puede ser? Apenas tenía unos cuarenta años.
—Se dice que la han asesinado. Pero sólo son rumores. Oficialmente, se atragantó con un hueso de aceituna.
—¡Qué barbaridad!... Y con ese hijo mayor que no sabe poner un pie delante del otro.
—La pequeña tampoco es mejor opción.
Agnes reflexionó sobre la situación mientras le preparaba una infusión a la joven. Estela permaneció en silencio, observando cómo la anciana se movía con soltura por la habitación a pesar de no ver nada.
Era cierto que ninguno de los dos herederos había mostrado cualidades dignas de un regente, igual que sus progenitores. Hacía mucho tiempo que los humanos de aquella región no habían sido gobernados por alguien competente. Pero no eran más que eso. Humanos. Capaces de desequilibrar todo a su alrededor sin ser siquiera conscientes de ello. Una criatura tan poderosa y tan obtusa a la vez. Si no fuera por eso, a Agnes le traerían sin cuidado sus luchas de poder. Pero tras ver su tierra esquilmada por esos seres con el paso de los siglos, no podía más que estar atenta a los cambios que podían avecinarse.
—¿Y qué dices que van a hacer las brujas? —preguntó Agnes mientras se sentaba en un taburete al lado de Estela, ofreciéndole una taza.
—Se dice que es una bruja la que la ha asesinado —Estela se quedó mirando a la anciana, esperando una reacción en su rostro. Agnes tenía el pensamiento perdido con su mirada— ¿Me has oído, ma?
Tras tomarse su tiempo, Agnes giró la cara hacia la joven.
—Tengo mejor oído que tú, hija. Te he oído ¿Es tu bruja quién la ha matado?
—¡No! ¡Claro que no! ¿Por qué dices eso?
—¿Por qué lo descartas tan a la ligera?
—Porque es imposible.
La anciana suspiró largamente y le dio un largo trago a la infusión.
—Bueno —dijo Estela pensativa, dándole vueltas a la cucharilla—, es imposible que sea ella, pero puede que ella sepa quién ha sido.
—Entiendo… —susurró Agnes suspicaz con media sonrisilla.
—¡Ma! No insinúes locuras.
Agnes se echó a reír con una carcajada atragantada.
—Eres igualita a mí a tu edad —dijo la anciana entre toses—. Ya descubrirás que cuanto más crees que sabes, más estás engañándote a ti misma. Yo que tú vigilaría a esa bruja tuya bien de cerca.

La piel del pollo asado crujió entre sus dientes, liberando todo el sabor salado en su boca. El hombre emitió un gemido de gusto mientras se deleitaba con el sabor tostado del romero y la grasilla del pollo le inundaba las papilas.
—Te juro que ese hombre tiene el mejor pollo asado del reino entero —farfulló mientras se chupaba los dedos y tiraba un hueso por encima de su hombro.
—Tú qué sabrás, si no has salido de las cuatro murallas de tu villa de pacotilla —replicó Estela rascándose una espinilla, molesta por las botas de cuero.
—No es una villa. Es una ciudad —puntualizó él educadamente, señalándola con el contramuslo—. Y resulta ser la ciudad más grande del reino con el mayor número de tabernas que hacen pollo asado de toda la región. Por tanto, puedo decir con bastante seguridad, aunque puede que me equivoque, que es el lugar donde hacen los mejores pollos asados del reino. ¿Y sabes qué? Si en otro sitio los hacen mejor, me da igual, porque este me pilla más cerca de casa.
Edward terminó su alegato dándole otro mordisco al contramuslo mientras Estela se carcajeaba de fondo. La tarde primaveral les acompañaba con una suave brisa cálida que hacía susurrar el bosque a sus espaldas. La muralla se alzaba en la lejanía, dándoles una visión de la puerta sur de la ciudad, inmejorable. El camino que descendía hacia las tierras más costeras se extendía hacia su derecha y los carruajes no paraban de pasar, cargados con mercancías que iban y venían del puerto.
—Esta mañana he estado con Agnes.
—¿Qué te ha dicho esa hada vejestoria?
—Esa hada vejestoria te puede convertir en partículas de cristal rosa fucsia con un zumbar de alas.
—Imagínate. Qué preciosidad de arcoíris se formaría…—dijo con la mirada ensoñadora.
—Eso, tú búrlate… En fin. Dice que igual es Ruth la que se encargó de la Reina.
—¡No! ¿Qué locura es esa?
—Eso he pensado yo primero. Pero luego, reflexionando… No sé, Edward.
Él guardó silencio, mirándola con el carrillo hinchado de carne, sin masticar. Tragó y se limpió la boca con el dorso de la mano.
—No creerás…
—No lo sé, ¿vale? Tendré que averiguarlo —dijo jugando con una brizna de hierba sin mirarlo.
—Estela, que esto es gordo. No se trata de si el panadero le mete serrín a la harina.
—Ya, ya. Tendré cuidado —contestó despreocupadamente el hada.
—¿Cuidado? ¡Lo que te estoy diciendo es que no lo hagas! No tienes porqué saber la verdad de todo lo que pasa a tu alrededor —Empezó a gesticular moviendo ampliamente los brazos, con ese aire teatral que tanto divertía a Estela—. Déjale a la vida que sea un poquito misteriosa y mágica para ti. Las cosas que se escapan de nuestro entendimiento son bellas y nos hacen soñar con su significado, y joder, si me oyera mi madre decirle esto a un hada…
—Edward, tranquilo. No va a pasarme nada —El hombre hizo un mohín desaprobador y tiró los restos del pollo al bosque—. Por cierto, ¿sabes algo de Elliot?
—No desde antes de ayer por la noche —gruñó.
—Malditos bardos.
—Malditos todos.

Los efluvios que salían de los laboratorios la marearon, a pesar de aguantar la respiración cuando pasó por los pasillos de la zona. Se caló más el sombrero tratando en vano de protegerse de los vapores, pero una ligera arcada le comprimió el estómago. Una puerta se abrió de golpe en el pasillo y la Directora salió con tal ímpetu que tuvo que frenarse en seco para no impactar con ella.
—¡Ruth! Qué susto me has dado. Perdona.
—No se preocupe, señora.
—Precisamente quería buscarte.
—Estoy a su disposición.
—Ven a mi despacho, por favor.
La Orden de Brujería se mantenía en pie por pura magia, pero no la de sus habitantes. El edificio de piedra estaba ennegrecido y su estructura exterior tenía un aspecto ruinoso y destartalado. Sus cimientos habían soportado tantas penurias que Ruth caminaba por su interior con la sensación de que una piedra iba a caerle en la cabeza en cualquier momento. Pero la magia era una amante exigente y no dejaba tiempo para preocuparse por muchas cosas. Entre ellas, el aspecto de un edificio.
El camino hacia el discreto rincón de la Directora fue arduo. No estaba lejos, pero la bruja tuvo que eludir una consulta tras otra. Cada persona que se cruzaban por los pasillos, pedía su atención interrumpiendo sus pasos. Cuando cerró el portón tras de sí, la Directora dejó escapar un suspiro de alivio, pero no llegó a alcanzar su butaca cuando unos nudillos sonaron desde fuera.
—Permitidme —dijo Ruth alzando una mano para detenerla.
Se acercó a la puerta y la abrió ligeramente. La directora de la Orden de Brujería no pudo oír lo que decía Ruth, pero la persona que había fuera le dio las gracias a la bruja y se despidió con buenas maneras. Al volver a cerrar, Ruth susurró un conjuro y la puerta vibró un instante al recibirlo.
—Tampoco era necesario tomar tantas medidas —dijo la Directora con media sonrisa, dejándose caer sobre la butaca con alivio.
—Prefería que no la interrumpieran durante un rato. ¿Qué se os ofrece?
—Quería que me pusieras al tanto sobre un par de asuntos —dijo sacando un gran libro que colocó frente a ella y abrió con pesadez—. ¿Se solucionó el pacto con los mineros?
—Sí, señora. Disponemos de calderos otro par de siglos.
—¿Y el problema con la Sociedad Druida?
—Han accedido a abastecernos con la condición de comprometernos al cultivo.
—¡Bah! Malditos druidas… —Se quitó un mechón canoso de la cara y miró el bosque desde la ventana—. Habrá que hacer malabarismos para incrementar el presupuesto para la investigación del cultivo botánico.
—Lady Hellen estará encantada —dijo Ruth ladeando una sonrisa divertida, que se esfumó al ver el rictus de la Directora—. Ejem… ¿Algo más, señora?
—Sí —La directora la miró con gravedad y apretó las mandíbulas. Ruth sintió su reprobación en el estómago, con un encogimiento que no mejoró las náuseas provocadas por los vapores del laboratorio—. Ha llegado a mis oídos que una bruja está implicada en la muerte de la Reina —Ruth tragó el nudo de saliva que se le había formado en la garganta—. ¿Puedes explicarlo?
Tras volver a esforzarse por aclararse la voz en vano, habló con la mayor calma que pudo.
—No, señora. No puedo imaginar qué ha podido inspirar la difusión de tal rumor.
El párpado derecho de Ruth vibró de forma molesta y pestañeó varias veces intentando aplacarlo.
—No es necesario que te explique lo que esto significa y cómo nos perjudica.
—No, señora. Soy consciente de la delicadeza de la situación.
Ruth mantenía la vista fija en la pared, un poco por debajo de la altura de los ojos de la Directora.
—Arréglala —dijo la Directora con un latigazo de voz.
—Sí, señora.
—Puedes irte.
—Gracias, señora.

En la taberna el aire era tan espeso que le pareció que el sombrero le pesaba el doble. Los presentes se apartaron al paso de la bruja mientras el rasgueo del laúd sonaba de fondo. Ruth tomó asiento en una mesa lateral, cerca del pequeño espacio que ocupaba el bardo. La voz dulce del joven se paseaba por la estancia amansando los ánimos. El trovador cantaba con los ojos cerrados, sintiendo cada palabra perfectamente entonada en lo más profundo de su corazón. Un grupo de admiradores lo escuchaba embelesado entre suspiros, siguiendo la letra de la canción con sus labios.
‘'...las luces azules se apagaron
y la magia que las apagó
huyó hacia el bosque encantado.’’
De nuevo esa canción. La ciudad entera la tarareaba en cada esquina y el impresentable que la había compuesto se estaba bañando en oro y alcohol a costa de ese rumor.
—Claro que es cierto. Yo tengo un amigo que vio a la bruja salir volando con su escoba. Salió por el ventanuco de los aposentos de la reina esa noche.
—Yo también la vi, llevaba una capa roja como la sangre.
—Tú no viste una mierda. La capa era verde, como las copas de los árboles. Por eso se pudo camuflar.
Los lugareños especulaban con un sinfín de historias que se mezclaban. Alguien tan estúpido para salir volando por una ventana no puede ser una bruja, pensó Ruth. Esperó pacientemente a que la gente se fuera y el bardo acabara de beber. Eso se tradujo en que, cuando el bardo anunció su marcha, casi había empezado a amanecer.
Ruth se acercó al hombre, enfundada en sus ropas pardas que la cubrían casi por completo. Se levantó el ala del sombrero y clavó la mirada en él. Los ojos verdes de la bruja parpadearon un instante y el bardo dio un respingo. Cuando intentó correr, no pudo. Su cuerpo estaba paralizado.
—¿Sería tan amable de acompañarme, por favor? —dijo Ruth empezando a caminar hacia la salida.
Elliot caminaba tras ella con gestos rígidos y espasmódicos. El tabernero apartó la mirada convenientemente para evitar problemas. Caminaron hacia los callejones de detrás de la taberna. El cielo empezó a palidecer del negro al añil, y se tornaba cian cuando tocaba las montañas del este. Las callejuelas estaban bañadas por esa luz mortecina del alba que se empeñaba en adivinar las formas del mundo. Ruth se detuvo cuando el lugar le pareció lo suficientemente discreto. Dejó a Elliot contra la pared de la taberna, constriñendo su cuerpo con una reverberación mágica que le producía un dolor de cabeza terrible por el esfuerzo.
—No vas a volver a cantar esa canción.
Había estado cerca de tres horas cantando, pero sabía que el bardo no necesitaba que le especificara nada. El dolor de cabeza tampoco contribuía a que se explayara.
—Yo no la compuse ¡Lo juro!
—Me trae sin cuidado. Esa canción ya no existe para ti.
—Señora, por favor, no me haga esto. Entienda que esa canción es la fuente de casi todas mis ganancias diarias.
—Eso también me trae sin cuidado. ¿Tengo que repetirte algo más?
—Pero ¿de qué voy a comer? —Ruth se quedó observándolo en silencio. El hombre estaba completamente rígido, con los ojos fuera de sí por el miedo—. Por favor...
El dedo pulgar del bardo emitió un crujido a la vez que una punzada de dolor atacaba la sien de la bruja. Liberó al bardo en ese instante y empezó a alejarse de él con pasos tranquilos, aliviada por que el dolor de cabeza se disipara. Los quejidos del bardo se seguían oyendo mientras abandonaba la plaza para dirigirse a la Orden a dormir un rato. Esperaba que el bardo tuviera en mejor estima al resto de sus dedos.

Estela se sacudió el rocío de la mañana de las alas con un zumbido enérgico. La dedalera entera se sacudió con ella y el resto de hadas elevó un coro de quejas, asomándose por las corolas púrpuras de cada flor donde dormían. El hada salió volando de su corola entre carcajadas.
—¡Lloricas! —gritó al resto disfrutando del espectáculo.
—Me voy a cambiar de dormitorio —gruñó uno de ellos, saliendo disparado de su flor.
—A estas alturas va a ser difícil que encuentres otro sitio —dijo otra, estirando la espalda con incomodidad.
—Los tulipanes tienen que estar a punto de salir, ¿no?
—La verdad es que, con librarme de esta malnacida, hasta aguantaría dormir en un tulipán para no oírla ni una mañana más.
—Uf, yo prefiero esperarme a las rosas.
—Vosotros seguid llorando —dijo Estela, dándoles la espalda y manteniéndose en el aire con las manos en la cintura—, pero si no fuera por mí, estaríais durmiendo mientras os perdéis esta preciosa vista.
—Es un bosque. Es donde vivimos. Lo vemos todos los puñeteros días —se quejó otro de ellos, haciendo que su flor se cerrara tras darse la vuelta para seguir durmiendo.
Las quejas siguieron mientras Estela hacía oídos sordos y se encaminaba en busca de un buen desayuno. Cazar saltamontes de buena mañana le daba la vida. Con el cuerpo viscoso de la sangre del saltamontes y la tripa llena de carne, se bañó en el riachuelo que bajaba del deshielo. Salió del bosque con un vuelo alto entre las ramas de los árboles y cayó en picado al suelo, adoptando la forma humana. Su cuerpo se cubrió de esas incómodas ropas con las que se empeñaban en taparse y hacían que el cuerpo le picara por todas partes.
Buscó a Ruth por la ciudad. No la había visto desde que la Reina había muerto y se moría de ganas por saber qué había pasado. Fue a todos los rincones donde sabía que le gustaba ir a leer, a sus tabernas favoritas, a las tiendas que frecuentaba, pero no había rastro de la bruja. Sabía que no debía, pero se acercó a la Orden de Brujería, a pasearse por sus alrededores por si se topara con ella. Finalmente, su deambular llamó la atención de la seguridad de la fortaleza y una soldado se acercó a ella a pedirle amablemente que se mantuviera alejada de la Orden. Al atardecer se encontraba sentada en el borde de la fuente de la plaza mayor cuando vio a Edward acercarse con prisas.
—¿Dónde te metes, mujer? Llevo todo el día buscándote.
—¿Yo? He estado dando vueltas, buscando a Ruth ¿La has visto?
—Ni la he visto ni la voy a ver. Tengo a Elliot en casa con un dedo roto. Adivina quién lo ha hecho.
—¿Ella? —dijo alzando una ceja incrédula.
—La misma. Acorraló a Elliot esta mañana cuando salió del Vino Peleón…
—Esa taberna es malísima.
—Céntrate, Estela…
—Vale, perdona.
—Decía; lo ha acorralado esta mañana y le ha dicho que no vuelva a cantar la canción de la Luz Azul.
—¿Que canción es esa?
—Pero tú, ¿en qué mundo vives?
—Yo qué sé, Ed. Da igual ¿Seguro que ha sido ella?
—Segurísimo —sentenció el hombre con pesar—. La canción es la historia de cómo una bruja mata a la Reina. Está claro que no quieren que se diga por algo.
Estela chasqueó la lengua y perdió la mirada en la plaza intentando pensar en algo. No había visto a la bruja en todo el día y que fuera rompiéndoles dedos a los bardos le sonaba completamente fuera de lugar.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó Edward todo lo contenido que pudo.
Ruth apareció en la plaza caminando con su tranquilidad de costumbre. Estela se puso en pie de un salto y dio un paso adelante. Edward no salía de su asombro al ver a esa mujer pasearse por la calle tan impunemente, después de haberle quitado el sustento a un hombre. Elliot no podría tocar el laúd en meses, si es que conseguía volver a tocar.
—Ruth, he estado buscándote —dijo la joven sonriendo a la bruja.
Al ver ese aire tan especial que envolvía a la bruja se le iluminó la cara y su corazón perdió parte del peso que lo había estado oprimiendo todo el día.
—Lo sé. Te he dicho muchas veces que no te acerques por la Orden. Me han llamado la atención, Estela.
—¿Cómo han sabido que te buscaba a ti?
—Saben perfectamente quién eres —murmuró Ruth dirigiendo la mirada a Edward—. ¿Elliot se encuentra bien?
El hombre abrió la boca anonadado.
—¿En serio me estás preguntando eso?
—Edward, por favor, no tengo nada en contra del bardo. Esto no es ninguna cuestión personal. Pero, como sabes, es testarudo y no quiso razonar por las buenas. Si está dispuesto a no volver a tocar esa canción, puede venir a la Orden con una promesa por escrito que un notario acuñará y se le dará el tratamiento adecuado para que el dedo vuelva a quedar como nuevo. Sólo tiene que dar su palabra y dejar constancia legal de ello.
—Menuda sarta de estupideces burocráticas. Tú y tus compañeros no tenéis ningún derecho a agredir a un hombre que se gana la vida sin hacer daño a nadie.
Ruth levantó un dedo y sonrió a Edward con amabilidad.
—Pero sí hace daño. En cualquier caso, ya sabes. Comunícaselo de parte de la Orden de Brujería. El notario corre de nuestra cuenta, no tiene que gastarse ni una moneda.
—¡Sólo faltaría eso!
—Ed, Ed, relájate —dijo Estela colocándose entre ambos cuando el hombre fue a encararse hacia la bruja—. Será mejor que te vayas. Ve a cuidar de Elliot, ¿vale?
—Si no fuera quien es… —dijo Edward con rabia, empezando a calmarse—. Me voy, pero porque me lo pides tú.
—Sí, ya lo sé. Te veo mañana.
—Vale... —murmuró empezando a marcharse.
—¡Gracias! —dijo Estela siguiéndolo con la mirada, preocupada.
—Siento que tu amigo se haya visto envuelto en esto— dijo Ruth con un susurro cálido.
—Tenéis formas de actuar peculiares en la Orden —dijo con resignación.
—Nos hemos ganado un respeto que no estamos dispuestos a perder. La sociedad bruja ha sufrido muchas persecuciones y se nos ha tratado con desprecio durante mucho tiempo. No podemos permitir que eso vuelva a pasar.
—Mira, no quiero meterme en vuestros líos ni en cómo hacéis las cosas. Pero sabes que puedes confiar en mí ¿verdad? —Ruth ladeó la cabeza mirando a Estela con extrañeza—. Sí que fue una bruja, ¿no?
—Por supuesto que no —dijo Ruth poniéndose seria.
—No pasa nada si lo fue. No voy a odiarte ni voy a hacer nada. Sólo quiero saberlo.
—Si no va a cambiar nada, ¿de qué te sirve saberlo?
—Entonces tú sí sabes la verdad —dijo Estela sonriéndole con complicidad.
Ruth apretó las mandíbulas con rabia y dejó escapar un largo suspiro.
—Creo que no eres consciente de las implicaciones de lo que estás diciéndome. Deja el tema, por tu bien.
—Ah… No confías en mí —dijo Estela frunciendo el ceño.
—No, no puedo confiar en ti con esta conversación.
—¿Por qué?
—Porque sigues insistiendo. A ninguna nos conviene hablar de esto, y que insistas a pesar de mis advertencias, me deja claro que no puedo confiar en ti sobre esto.
—Entonces, ¿qué? ¿Se queda todo como está? ¿Le rompes el dedo a alguien y no tienes nada que contarme?
—Si no te satisface la situación, no puedo hacer nada por cambiarlo.
—¿Qué pasa si te dicen que me rompas un dedo a mí?
—Me da la impresión de que sólo me haces preguntas de las que no quieres oír la contestación, o ya crees saberla y no necesitas que yo te diga nada.
Un silencio se instaló entre las dos, sólo interrumpido por una brisa helada que hizo ondear las ropas amplias y pesadas de la bruja. Estela se dio cuenta entonces que no había pasado ni una sola persona desde que Ruth había empezado a hablar con ella. Estela suspiró largamente y bajó la cabeza.
—Creo que yo tampoco confío en ti.

El corazón de Estela sufrió muchos años. Pero las brujas y las hadas siguieron su camino. Los reyes y reinas siguieron muriendo, naciendo y volviendo a morir. Las brujas y los humanos que hacían atrocidades seguían quedando impunes a la vez que las nimiedades menos trascendentes eran duramente castigadas. Las hadas mayores siguieron desconfiando de los humanos y las jóvenes sintiéndose fascinadas por ellos. Lo que quebró el corazón de Estela en un momento, quedó como un suspiro a lo largo de los siglos. Y siendo ya una anciana, viviendo en su cáscara de nuez, rememoraba sus momentos con Ruth como cuando vio aquella flor amanecer cubierta de rocío aquella mañana de verano.

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