Amigo Invisible
Amigo Invisible
Se me ocurren cientos de sitios en los que me gustaría estar la noche de un 15 de diciembre de 2017. La cena de empresa anual de CORPINSA no está entre ellos.
Pero aquí estoy, en la tercera hora de gloria de una noche que no parece tener fin. Con banda sonora de tintineo de vasos y cubiertos para acompañar un murmullo de chismorreos escuchados con mejor cara de la que merecen. Y diré una cosa, no sabría decirte cuál es el punto fuerte de CORPINSA. Apenas sé bien qué hacemos, salvo hacer pedidos de montones de material de oficina y mover cosas de un almacén a otro. Creo que en la web corporativa dice algo de innovación, compenetración y demás zarandajas que quedan muy bien en pósters con pingüinos y gatitos. Lo que desde luego puedo asegurar es que, si somos líderes en algo, es en dos cosas: en poner buena cara a cualquier tontería con tal de que quien la diga se calle pronto y en la falsedad de los cretinos que suelen decirlas.
Vale, no soy lo que se llama un tipo de empresa, ni un orgulloso miembro de esta gran familia corporativa que es CORPINSA. Y se tan cierto como que hemos de morir que esa última expresión ridícula la escucharé en algún momento de la noche. Soy más bien, ¿Cómo decían por los pasillos?, ah, "un borde y un sieso, y a saber cómo le aguantan en su casa". Todo porque en lugar de bailar el agua a nadie, empleo mi tiempo en agachar la cabeza, mirar al mucho más interesante estuco de la pared y pensar si realmente no puedo aspirar a algo más en mi vida.
En ello estoy, intentando aislarme de los dos comerciales borrachos con gorro de Papá Noel que interpretan una versión atroz de Zapato Veloz y su infame tractor amarillo al matasuegras, cuando lo noto. Una presión desagradable en la espalda, un olor que provoca una sacudida en mis tripas y un peso en mi hombro derecho. Por él, aparece en mi campo de visión una zarpa oronda con un vaso de tubo lleno de a saber qué brebaje y una esclava de oro. Una voz desagradablemente aguda y chirriante taladra mi oído izquierdo:
— ¡Échate un cacharro, Gómez, que no me bebes nada! —No necesitaba girarme para saber que era Peláez, de nóminas —. ¡Lo que no te bebas hoy no lo cobras en la extra, que lo sepas! ¡JAAAAA-jajajajayayay! —El asco que da su gorjeo cuando se ríe a mandíbula batiente sólo es una parte de todo el que puede llegar a producir como persona. Envidioso y traidor, y lo que es peor, inevitable como la muerte y los impuestos. En todas las empresas hay un Peláez.
— Seguro que daréis vuestro mejor esfuerzo para que mi parte no se quede en la botella —le digo sin molestarme en mirarle.
— Va, Gómez, me cago en la leche —Baja su voz una octava y adopta una entonación suave. Se me ha puesto condescendiente y eso me cabrea —. Que estamos de celebración, muchacho. La empresa alquila cada año esta pasada de salón solo para nosotros. Barra libre, menú de dos platos, postre y diversión toda la noche. ¡Venga, chaval, ten espíritu navideño!
Eso es verdad. Solo llevo aquí desde febrero, pero sé que CORPINSA no hace las cosas a medias. Estamos en medio de un polígono industrial, a dos calles de nuestro edificio de oficinas, donde se encuentra el restaurante Botero, lugar de avituallamiento de conductores y celebración de bodas, bautizos y comuniones. Y si el Botero es la vara de medir para el famoso dicho sobre sitios que dan de comer a camioneros, la sabiduría popular ha vuelto a triunfar. Ahora tenemos un comedor cerrado, atiborrado de espumillón y decoraciones festivas, y reservado para unas sesenta personas donde podemos armar todo el alboroto que queramos. Buena parte de los presentes está ya en ello.
Como discutir aún hará que se quede más, me aguanto decirle dónde puede meterse su espíritu navideño, me sirvo sangría en la copa y brindo con Peláez deseando mentalmente que dé con otra víctima y se aleje cuanto más mejor. Con suerte se irá a la mesa donde están las encargadas de recepción y atención al cliente, como así sucede. Peláez ya llama a gritos a Puri, una recepcionista veterana ya entrada en la cincuentena y cuyo estilismo, con moño recogido y un chal rematado con un broche de clavel como mi puño de grande, denota que los actos sociales no son lo suyo. Y mientras su boca emite un saludo, sus ojos maldicen su suerte. Lo siento, Puri, pero mejor tú que yo.
En un lugar preferencial desde el que pueden contemplar toda la algarabía están sentados los directivos de la empresa. No son simples jefecillos con cuatro o cinco mindundis a su cargo, esos están cerca de los empleados rasos. Son damas y caballeros de traje caro y miles de horas de vuelo en veladas de copazo y puro. Casi es como si el sarao no fuera con ellos, a juzgar por sus impertérritas expresiones, que apenas cambian mientras debaten entre ellos. De la media docena de jerifaltes hoy presentes solo conozco a una persona, y aunque no es la más poderosa hay que tener sumo cuidado con ella. Cristina, la jefa de recursos humanos, es alguien que te hiela la sangre con su sola proximidad. Si tuviera que elegir entre notar una pitón siseante reptando por mi torso mientras ejerce cada vez más presión, el cosquilleo del caminar de una tarántula por mi espalda hacia mi cuello y mi cara y tener una reunión con Cristina, la pitón tendría todos mis votos. Pero solo porque las arañas me dan mucha aprensión.
Por supuesto, a la noche le falta algo. Cristina no ha tenido su momento, y eso quiere decir que nos va a caer una charla motivacional de fin de año con todos sus grandes éxitos. Equipo, piña, compromiso, hurra. Precisamente se incorpora y toma un micrófono que reposa en la mesa. No llevo con ellos ni un año y les conozco como si les hubiera parido.
— Un momento de atención, por favor —resuena su voz por los altavoces de la sala. Los cánticos beodos y el parloteo detienen justo cuando Peláez le explica a la menuda y pizpireta Martita, de pedidos, que ese móvil que lleva se lo podía haber sacado él más barato a través de su sinfín de contactos —. Quiero daros las gracias por formar parte de CORPINSA y contribuir a sus objetivos con vuestra dedicación y compromiso. Es gracias a vosotros, nuestra gran familia, que otro año más hemos logrado éxitos.
Ah, ahí está, la gran familia. La señal para servirme una copa de lo primero que pille antes de que Cris tire de su particular Necronomicón escrito con frases de coaching trasnochado.
— El motor de CORPINSA gira porque sus engranajes sois vosotros, y estamos orgullosos de que seáis parte de una maquinaria donde la pieza más pequeña es tan importante como la más grande. No lo podríamos haber logrado sin empleados proactivos, porque nos hacéis mejores conforme os hacéis mejores.
Solo en una cena de empresa con barra libre se puede dar un discurso tan vacuo y que te ovacionen. Pero ese "¡guapa!" que se oye al fondo se lo va a anotar en la libreta de los agravios, fijo.
— Ahora, dejamos paso a la tradición. Porque en CORPINSA respetamos los valores. Valores como nuestro Amigo Invisible.
Espera, ¿qué? ¿Cómo que "amigo invisible”? Nadie dijo nada de un amigo invisible. Creo. Pero no, los murmullos parecen confirmar que nadie dijo nada al respecto.
— Entiendo vuestro desconcierto —se apresura a aclarar Cristina —. Tranquilos. El Amigo Invisible es algo distinto en CORPINSA. Es el regalo que los veteranos hacen a aquellos que se han incorporado a lo largo del año.
Por un momento me había asustado. Pero ahora que lo pienso, un rápido cálculo revela que, al margen de los 6 directivos, somos 11 mesas de 6 personas. Mis 5 compañeros son de nueva incorporación, como yo, y eso lo se a pesar de que me he esforzado en ignorar sus comentarios al respecto durante la cena. Pero no todas son homogéneas. De hecho, acabo de caer en la cuenta de que somos 33 novatos para otros tantos veteranos.
— A cada empleado con antigüedad mayor a un año se le ha asignado otro que no ha cumplido 12 meses con nosotros —Es curioso, CORPINSA suele apoyarse bastante en empleados que entran sin mucha experiencia a cuestas, casi como si se renovara continuamente. Quizá los veteranos no tardan en irse a sitios mejores. Qué casualidad que seamos el mismo número.
— Y de este veterano, el empleado obtendrá el regalo más valioso que se puede ofrecer: la oportunidad.
Cristina sigue viviendo su momento. Pero esa parida no la esperaba. El regalo de la oportunidad. Pff.
Mientras, Puri se levanta asegurando que su chal no se le caiga por el peso de su broche. En sus manos lleva una bolsa que guardaba bajo la mesa. Puri, la buena de Purificación, la mamaíta de las recepcionistas, mira fijamente al destinatario del Amigo Invisible con su perenne sonrisa afable en el rostro. Mientras el aludido se señala con gesto de duda, buscando verificar que es él, y se levanta entre aplausos para recibir su obsequio, la mano de Puri ya se sumerge en la bolsa.
— La oportunidad de demostrar a CORPINSA lo que podéis aportar. Hasta dónde queréis formar parte de esta, como digo, gran familia que todos somos —prosigue Cristina.
Nadie sabe muy bien de qué diablos habla Cris, pero hay regalos de por medio. El novato, un muchacho aún con contrato de prácticas y pelo a cepillo, se acerca muy emocionado a darle dos besos a Puri.
La mujer ya ha sacado el contenido de la bolsa, dejándola caer. Pero se lo está escondiendo. Parece que habrá sorpresa hasta el final. Al fin tiene lugar el encuentro, Puri le pasa una mano por el hombro y atrae al chico hacia sí para fundirse en un cariñoso abrazo. Durante un momento, su gesto ha dado la impresión de haberse torcido en una mueca de disgusto.
— La oportunidad de prevalecer...
Esto es raro. El novato, aún abrazado a la veterana, abre unos ojos como platos. Se separa. Su rostro está desencajado.
— De tomar lo que creéis merecer...
Retrocede dos pasos. Se sujeta la ingle. Bajo sus manos, su pantalón está húmedo y oscurecido.
— De devorar o de ser devorados...
El novato se lleva las manos a la altura de la cara para ver su sangre, aún tibia. Puri ha tomado algo más de distancia. Vuelve a tener su sonrisa en el rostro. En su mano, un cuchillo lleva aún pegados restos de las partes genitales de su agraciado.
Y entonces, nace el grito. Un aullido de dolor agudo provocado por una puñalada en la entrepierna. Nace como un tenue lamento y escala decibelios y tonos hasta ser capaz de helar la espina dorsal. Un grito que corta el ambiente y que muere de improviso cuando Puri, con la mano que blande el cuchillo y sin perder la ahora ya tétrica sonrisa, describe un arco con su brazo y secciona la garganta de su emisor.
— De luchar por CORPINSA como lucharíais por vuestra vida —Cristina no tiene la atención de nadie, pero eso no la detiene. Ni evita que entone con deleite.
Antes de que la primera víctima del Amigo Invisible caiga al suelo, la cerca de treintena de empleados nuevos restantes rompe a correr entre gritos hacia la salida. Me llevo varios empujones, pero no puedo evitar quedarme. No puedo evitar mirar. Hay un cadáver con la entrepierna destrozada y su asesina es una afable señora mayor que regresa a su sitio entre aplausos de sus compañeros veteranos que quedan soterrados entre el caos.
— Aprovechad la oportunidad de demostrarnos lo que valéis. Y vivid para seguir con nosotros otro año —Cristina suelta el micro. El espectáculo está servido.
El resto de Amigos Invisibles se levanta de sus sillas. Algunos llevan bolsas. Otros sacan objetos de su chaqueta. Blas, un oficial de mantenimiento del que hasta ayer decían que era clavadito a Miliki, se ha encajado un puño americano en lo que será una chocante última visión para su víctima. Loli, la llamativa pelirroja con gafas de facturación, blande un bate metálico de aspecto pesado. Martillos. Más cuchillos. Machetes. Todo vale.
Y mientras la marea de asustados novatos golpea unas puertas que de repente están cerradas a cal y canto, mi cerebro me saca del estupor y me da la voz de alarma:
Uno de esos 32 locos que vienen hacia mí va a asesinarme.
Mi primer impulso es correr hacia la puerta, pero es evidente que por ahí nadie va a salir. Ahí son como peces en un barril. Mi instinto me grita que no me quede quieto, así que justo cuando el bate de Loli revienta la cabeza de Martita como una piñata, me doy la vuelta y me escabullo, casi cayéndome a trompicones, rezando por que mi Amigo Invisible no esté cerca. La muchedumbre ya corre apartándose de la puerta, y los pocos que se han quedado pidiendo ayuda a gritos o intentando romper los pesados portales, caen acuchillados, golpeados o machacados para ser rematados entre estertores.
Bajo las mesas parece el sitio más seguro. Repto por el suelo entre un baile de pies y gritos. Arrástrate, Gómez. Arrástrate como no te has arrastrado nunca y en el sentido más literal. Sobre mi cabeza, un fuerte golpe me hace soltar un grito de sorpresa y me deja congelado. A mi lado se desploma alguien. El comensal que se sentaba a mi lado me mira con ojos inertes. Alguien le ha clavado un sacacorchos en la sien.
Reúno valor y me asomo para ver que hay un hueco hasta lo que parecen los baños. Hay que llegar allí como sea. ¿Dónde está? ¿Quién es? ¿Quién es mi Amigo Invisible? Los novatos han caído ya en gran número, y en la mesa de directivos miran como quien contempla un partido desde el palco de autoridades.
Muévete, Gómez. Como te quedes quieto, te matan.
Mi corazón va a mil. Si no me mata alguien puede que lo haga un ataque. Cuando me dispongo a salir, otra persona cae de la nada frente a mi cara. Es una de las recepcionistas, gritando ahogadamente de dolor. No es para menos. Le acaban de reventar una botella de vino encima y le han prendido fuego con un soplete.
No puedo salir por ahí. Tengo que dar media vuelta. Retrocedo lentamente a cuatro patas. No veo por donde voy.
Un poco más. Noto otro golpe en la mesa. Me encojo asustado y trato de reunir valor, pero mi mente no hace más que hacerme creer que nota la respiración de mi futuro asesino en mi nuca. Gírate, Gómez, gírate y date la vuelta.
Conforme giro la cabeza, el paisaje a ras de suelo es dantesco. Algunos aún dan unos pocos pasos antes de que el último hilo de vida deje su cuerpo y les haga caer. Ya casi no hay gritos. Solo distingo tres voces. Me doy la vuelta. Suena como si algo se hundiera en algo blando. Dos voces. me arrastro hasta la siguiente mesa. Una voz. Está volcada, me parapeto tras ella.
Silencio.
Intento que mi respiración jadeante no me delate, pero no hay tiempo para la calma. Con la espalda pegada a la mesa, no me quito de la cabeza que mi Amigo Invisible me estará buscando. Debo salir, pero mi cuerpo no responde. Y eso me condena.
Peláez. Tenía que ser el puto Peláez. Me mira asomándose sobre la mesa. Antes de que pueda reaccionar noto una punzada en el costado.
El muy cabrón se ha traído un taladro eléctrico.
Me arrastro. Me clava el taladro en la pierna. Duele horrores. Entre llamaradas de dolor veo que los jefazos se levantan para a ver cómo el pelota mayor del reino acude a dar el golpe de gracia. Ya sabía yo que esta iba a ser una mierda de noche. Pero que me mate Peláez...
Cristina aún tiene palabras para mí:
— Lo siento, Gómez. CORPINSA no necesita a gente que no ve las oportunidades.
Lo que veo es que Peláez se acerca a mi rostro. Al parecer, quiere concluir por todo lo alto, viendo qué tiene el novato en el cerebro con una buena y clásica trepanación.
La oportunidad, ¿eh? Vale, si me voy a ir no va a ser así. No antes de hacer algo que el cuerpo me viene pidiendo desde hace meses. Reúno las fuerzas que me quedan y espero la oportunidad de marras. La veo cuando Peláez se acerca a perforarme el cráneo.
¡Bam!
Le he sacudido un puñetazo en el rostro con toda mi alma. Creo que le he hundido el tabique nasal, he notado un crujido pero puede haber sido mi mano. No, definitivamente ha sido su tabique hundiéndose en su cráneo. Peláez deja caer el taladro y se tambalea para terminar cayendo como un fardo. Su cabeza da un golpe sordo contra el suelo, y yo acabo de matar al que a título póstumo va a ser a su vez mi asesino. Si no fuera por la sangre perdida y el dolor, qué a gusto me habría quedado.
Ahora lo entiendo. He visto la oportunidad y he saltado sobre ella. Pero aún no la he aprovechado del todo. Me doy cuenta de que queda una cosa por hacer, y espero que salga bien porque me va en ello la vida:
— Eh, Cris… —digo casi sin resuello, señalando el cuerpo de Peláez —. Tengo... entendido... que hay... una vacante... en nóminas...
-------------
Tengo que reconocerlo. CORPINSA sabe cuidar de los suyos. La rehabilitación solo me dejó una leve cojera. Pero ahora soy responsable de nóminas, y puede que si sigo ganando antigüedad opte al plan sanitario integral. Me han dicho que tienen especialistas que hacen auténtica magia con las lesiones crónicas.
Pero eso ya llegará. De momento es 21 de diciembre de 2018 y tengo cena de empresa. Y hoy, por primera vez soy el Amigo Invisible. La cojera puede ser un problema, pero resulta que Cris tenía razón. Hay que identificar las oportunidades. Dicho de otro modo, resulta que el pensamiento lateral no es tan malo.
Precisamente, hoy he recibido el rifle de arpones que he comprado por Internet y estoy deseando usarlo.
Por: Juan Elías Fernández
Comentarios
Publicar un comentario