Navidad Sobrenatural

— Abuela, ¿Cómo celebráis la navidad cuando eras pequeña?
— Uy, hija mía, ¡En mi pueblo se celebraba la navidad, pero sin turrón y sin eso del Papa Noel!
Su abuela se movía despacio por la cocina. Cogió unas patatas. Las puso sobre su regazo en un lebrillo de barro descascarillado. Se sentó a pelarlas, haciendo crujir el asiento de enea.
— ¿Sin Papá Noel? —preguntó a continuación su nieta —.¿Y quién llevaba los regalos? —dijo preocupada, con sus grandes y relucientes ojos que la miraban expectantes.
— No había regalos, hija. Si tenías suerte, heredabas la ropa de tus hermanos mayores y sino pues... —Fue perdiendo la voz al alzar los ojos de las mondas de patata. Miró la carita preocupada de su nieta. Y cambió maternalmente de tema —. ¡Pero era muy bonita! —dijo —. ¡teníamos nieve! —afirmó sabedora de lo mucho que le gustaba la nieve a su nietecita. Le sonrió, mostrando una perfecta dentadura postiza en una cara alegre llena de arrugas.
— ¿Nieve? —preguntó su nieta esperanzada. Pero, su carita se volvió a ensombrecer en un mohín de tristeza. Cruzó sus bracitos abrazándose y dijo bajito —. Yo no he visto nunca la nieve. La mamá me ha dicho que quizá vayamos este año...
Su abuela con sus grandes manos, tomó suavemente sus manitas, para consolarla.
— La nieve necesita frío y aquí, hace calor, Úrsula. ¡Y yo que me alegro, que soy vieja y tengo frío en los huesos! Así no me duelen las rodillas, pero… —hizo una pausa y sus ojos se abrieron mucho y miraron a Úrsula con su mirada verde clara —. Pero entonces era una niña como tú y me encantaba — Y su mirada soñadora le indicó a Úrsula que iba a empezar a contar una historia de cuando era niña…
Cuando era pequeña, pues hace mucho, mucho, mucho tiempo, había un muchacho en mi pueblo que se llamaba Timoteo, pero como era espigado y flacucho todo el mundo para acortar, lo llamaba Teo, porque decían las gentes que ese cuerpo no podía albergar un nombre tan largo.
Como no había muchos niños de mi edad, nos criamos juntos y aunque éramos muy diferentes, el roce hace el cariño y éramos buenos amigos.
En verano se podía hacer muchas cosas, que vosotros los niños de ciudad no conocéis, pero era muy emocionante y todo parecía lleno de secretos. En invierno, siempre andábamos jugando en el almacén de heno que había encima de las cuadras de mi padre, porque era cuando hacía más frío. Entonces subíamos al segundo piso y nos escondíamos allí.  —se tapó la nariz y con gesto melodramático dijo — Olía a caca de caballo y a cochino, con los lechoncetes para las fiestas, pero era nuestro sitio y se estaba muy calentito.
La niña de 5 años, se rió burbujeante y alborozada, porque no hay mejores chistes que los de pedos y cacas a esa edad.
Allí se podía luchar, rescatar princesas, escondernos, perseguir ratones, disfrazarnos con los gorros de los peoneros y las ropas de padre y hacer lo que hacen los niños cuando les dejan, jugar sin responsabilidades ni tiempo. Cierto día, ya cerca de navidad, nos sentamos en el ventanuco sobre la entrada, con las piernas colgando hacia afuera. Se podía ver todo lo que conocíamos. El cielo azul muy, muy, muy claro, casi blanco y con una luz lechosa que ocultaba el sol. Era cielo de nieve. Contrastaba con los árboles muy oscuros, casi negros, vestidos con las agujas de invierno, que abrazaban el linde del pueblo y caían casi sobre el granero. La enorme carrucha con la cuerda no se movía apenas y colgaba delante de nosotros, sobre una pequeña viga.
Luego Teo se puso de pie, e intentó descolgarse por la cuerda al suelo, pero se le enredó un pie en la cuerda. Perdió las manos y se quedó colgando boca abajo, sin llegar al suelo, como un jamón en la cámara o un pescado en un sedal, un poco más debajo de mis pies.
Empezó a zarandearse, a pedir ayuda. Yo, lo miraba detrás de mi bufanda y mi abrigo y me pareció muy cómico y tonto. Me dio un ataque de risa, tan fuerte, que no podía parar de reír, me dolía el estómago y los ojos se me llenaron de lágrimas. Él se iba enfadando cada vez más, al ver que no le ayudaba, pero me reía tanto, que no podía hacerlo. Al final, ofendido, cuando ya me ponía de pie para ayudarlo, al intentar él sólo desengancharse, la cuerda resbaló y cayó al suelo de cabeza, con un fuerte estrépito que fue seguido de un silencio helado. Mi corazón dejó de latir, y miré su cuerpo en el suelo desde el ventanuco. En segundos largos, baje corriendo a ayudarlo, presa del terror y los remordimientos.
Cuando llegué a su lado, me arrojé sobre él, le empujé, le zarandeé, le llamé, le pellizqué, le maldije, pero a pesar de todos mis esfuerzos, no se movió.
Estuve llorando tres días y tres noches, inconsolable y hundida por los remordimientos. Mi madre me abrazó y me cantó nanas de cuando era pequeña, pero cuando cerraba los ojos, solo veía a mi amigo roto en el suelo como un muñeco desmadejado.
No hubo entierro, porque hacía tanto frío que el suelo húmedo del otoño, se había endurecido como el granito con las  heladas. No podíamos cavar para darle santa sepultura.
Lo dejamos en una caja de madera a la intemperie, con unas piedras pesadas sobre la tapa para que no se lo comieran los perros ni lo atacaran los animales salvajes. Otros años, el hambre les hacía a bajar del monte en lo duro del invierno. Estaba en el cementerio pequeño que había al pegado a la iglesia.
Las tumbas de piedra, el musgo negro y verde y las viejas cruces de hierro, lo guardaban como bayonetas que cortaban el aire.
— Iaia, pero —dudó la niña —.¿Se murió? ¿Un niño se puede morir? —La abuela suspiró. Como le hubiera gustado decirle la verdad, pero era su abuela y ella aun recordaba cuando era solo una niña…
— Claro, cariño —contestó al fin —. Todos nos podemos morir. Yo también, pero como decía mi abuelo, “siempre será en contra de mi voluntad”.  Me gustaría quedarme contigo y verte hacerte una mujer, Úrsula —le dijo su abuela tocándole la nariz con su sarmentoso índice, sosteniendo con la otra mano el pequeño cuchillo.
Las patatas poco a poco se habían despojado de sus pieles y lucían como doncellas, pulcras y ordenaditas. —Iaia —Acercándose al regazo de su abuela —. Eso me pone triste —dijo Úrsula haciendo pucheros.
— Úrsula, no me gusta hacer trampas y no puedo contarte el final, pero te aseguro que todo saldrá bien, no te preocupes —La niña se cogió a la manga de su abuela y la miró a sus inteligentes ojos verdes —.¡La Iaia no dice mentiras! —afirmó su abuela —. Pero ¿quieres que continúe?
La niña la miró y se apartó un poquito para poder verle la cara, secándose las lagrimitas con el dorso de la mano. —sí, porfi, Iaia, ¿Qué paso?
Ese invierno hizo mucho, mucho, pero que mucho frío y no quería irse. Nevó, heló y teníamos que romper el hielo para sacar agua del pozo. Salíamos poco de casa y las chimeneas humeaban como viejas locomotoras.
Llegó diciembre, pero fue triste. Aunque nos reunimos con todo el pueblo en la iglesia los domingos y oramos por el nacimiento de Jesús, nuestras familias iban de luto riguroso. Mi madre no había conseguido que yo sonriera ni haciendo mi plato favorito, mostillo con miel la víspera, porque al entrar o salir de misa, se podía ver al pobre Teo, en el cementerio, que seguía en su caja de pino, pendiente de que llegara el buen tiempo.  El acceso estaba protegido por un pequeño pórtico techado que había en un lateral de la nave, baja y achaparrada, aplastada por el peso de la nieve.
Yo a veces me lo quedaba mirando desde allí, sin poder acercarme temerosa.
— Yo he comido mostillo y está muy bueno —le dijo la niña —. Mi comida favorita son las fresas.
— Sí cariño, las fresas están muy buenas, pero las semillitas me molestan en la dentadura —le dijo su abuela.
Entonces, La abuela le guiñó un ojo a su nieta, se levantó despacio y con esfuerzo de la silla bajita de la cocina, que rechinó quejicosa, y se acercó al fuego a dejar las patatas en la olla.
La niña permaneció de pie detrás de ella y la abuela se tomó su tiempo para poner con cuidado las patatas, una a una en el agua hirviente, protegiendo a la niña. Se secó las manos en el delantal y se giró para volverse a sentar.
— ¿Por dónde íbamos? —le preguntó a Úrsula.
— Estabas muy triste, Iaia ¿Qué pasó después?
— Sí, cariño. Estaba muy triste.
Llegó la Navidad y la noche de la Misa del gallo, que es la misa de celebración del cumpleaños de Nuestro Señor Jesucristo. Para todos era muy especial, se cantaba, se tomaba chocolate o licor y nos dejaban acostarnos tarde a los niños. Siempre me ha gustado. Pero esa noche fue extraña y misteriosa, cariño.
Salimos de misa juntos, arrebujados en nuestros abrigos negros, con las botas de nieve y nos recibió una noche que era clara como el día. No había una nube, y las estrellas brillaban luminosas en un cielo nocturno oscuro como el azabache. En la blancura de la nieve se reflejaba su luz y era increíblemente hermoso.
Un tanto sorprendidos, nos apiñamos bajo el pórtico, bajo la figurita de San Cristóbal, y durante unos minutos nos sentimos silenciosamente asombrados. Una emoción intensa me encogió las entrañas y dos lágrimas se formaron en la comisura de los ojos y al tocarlas, se convirtieron en dos perlas de hielo.
Luego pasó Año Nuevo, Reyes y la primavera parecía no llegar nunca. Pero cuando sopló la primera brisa templada y empezó a derretir la nieve, llegó el momento de enterrar a Teo, que yo imaginaba mirándome desde su caja de pino… o eso creía la niña que era, ─ y le guiño un ojo a su nieta.
La familia de Teo y la mía, nos reunimos alrededor, ahumados y algo mareados por el aroma intenso que desprendía un incensario que mecía hipnótico Don Antonio, nuestro párroco, mientras murmuraba palabras de su librito de oraciones. El suelo era blanco sucio de nieve embarrada, y dos hombres fueron quitando las piedras que aseguraban la tapa de la caja.
Tras estar libre, los dos hombres tomaron impulso para levantar el ataúd y al moverlo a la fosa que por fin habían excavado en la dura tierra, uno perdió pie en el suelo inestable y vimos como soltaba la caja y se precipitaba al suelo.
Reaccionó primero el Sr. Timoteo, intentando evitar que cayera, aunque era demasiado tarde. El ataúd cayó sobre la piedra de una losa, la tapa saltó por el aire, y para el asombro mudo de todos, dentro solo estaba el blanco lino de la mortaja. No había nada, ni había nadie.
Por la cara del padre de Teo pasaron la ira, el asombro, el miedo y el enfado como una estrella fugaz y al final, se arrodilló mientras lloraba y reía.
Todos caímos de rodillas, a pesar del barro y el frío y vi en mi mente a Teo sacándome la lengua y guiñándome un ojo. Me sentí liberada.
— ¿Fue magia, Iaia? —dijo la niña.
Y su abuela, que nunca decía mentiras, le dijo —Sí, hija mía, magia de Nieve.

Por: Natalia Mota.

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