Todo normal
Capítulo 1. Desde
hace siglos, Papá Noel (Santa Claus, San Nicolás, da igual) escucha decir que
solo trabaja una noche al año, y le molesta. Realiza una labor ingrata e
invisible: espiar a los niños durante el año y rellenar páginas y páginas de
miles de expedientes con textos, fotografías, diagramas... De esta manera,
llegado diciembre, puede saber si los niños están siendo sinceros o no cuando
le dicen que han sido buenos.
Así que de trabajar un día al año, nada de
nada.
Como la edad le está pasando factura, termina
los repartos muy justo. El año pasado acabó de milagro, habiendo amanecido. La
confusión de un elfo que excluyó Georgia de la lista de países, porque pensaba
que era un estado de Estados Unidos, y de un duende novato, que incluyó Estonia
en la ruta de la Unión Europea (“la culpa es de Eurovisión, que me confunde”,
alegó en su defensa el duende), supuso un aviso para navegantes. Era momento
del relevo.
Santa Claus se lo explicaba al joven
aspirante, sentados en la barra del Roxanne, bebiendo el que, por la cantidad
de vasos que los rodeaban, debía ser el cuarto cacique con cola de cada uno.
– La única pega – le explicaba –, es que nadie
note el cambio. Sobre todo el primer año. Pero después, oye, con tal de que
acabes el reparto a tiempo, como si te pasas el día aquí metido.
Santa Claus apuró su ron y pidió otro. El
aspirante tenía el suyo a medias.
– Entonces, si no te he entendido mal, el
trabajo fuerte es una noche, ¿no?
– No es tan fuerte. Mira, los duendes
organizan la logística, las rutas y los regalos. Te dejan el trineo y los renos
preparados. Rudolph conoce cada ruta, como mucho repasará la de Europa del
este. Tú esa noche te dedicas solo a repartir.
– ¿Y el resto del año?
– El resto espías a los críos. A un
porcentaje, los que tú elijas. Tienes que hacerlo, que luego en sus cartas te
mienten como bellacos, los cabroncetes.
– ¿Y qué hago para espiarlos? – preguntó el
aspirante a Santa Claus.
Sobre el escenario, una adolescente, vestida
con un minúsculo tanga de Hello Kitty, se contoneaba alrededor de una barra
vertical al ritmo de una remezcla de Young and Beautiful de Lana del Rey. El
juego de sombras del escenario difuminaba sus curvas, y desdibujaba el tatuaje
de su nalga derecha hasta transformarlo en un angioma. Santa le lanzó un
billete. Ella se agachó a recogerlo y, con un gesto provocador, lo dejó
pellizcado entre su cintura y el lazo rosa de la gata nipona.
– Es la única frontera – dijo con tristeza,
mirando el lujurioso reino que delimitaba el hilo dental de la chiquilla –, que
sigue vetada. A pesar de la tarjeta de libre circulación.
– Maldito Schengen – replicó el joven.
– Di mejor maldita próstata.
– Aún no tengo este tipo de problemas.
– No te estoy hablando de tu próstata.
Santa Claus sacó una bolsita de un bolsillo
oculto en su cinturón, se lamió la punta del dedo meñique y lo introdujo en
ella. Una pizca de polvo blanco como la tiza quedó adherida a las líneas
dactilares. Se lo llevó a la gruesa nariz y aspiró con fuerza. Sus mofletes
recuperaron el típico color carmesí.
La música terminó y el local se llenó con un
susurro de voces y vasos de cristal. La bailarina saludó antes de desaparecer
tras unas gruesas cortinas burdeos.
– Para espiarlos puedes ser el monstruo que
dicen que ven debajo de la cama, o el amigo invisible, o un vagabundo que pasa
unos días viviendo cerca de ellos o el abuelete que va a verlos jugar los
jueves a futbito y que no es familiar de ninguno. Ponle imaginación. Eso sí,
nunca permitas que te descubran.
– Vale, lo pillo.
– Lo pillo no es suficiente. Que nunca te
descubran. Sobre todo los chicos seleccionados en la carpeta amarilla.
– ¿Esa tan gruesa?
– Esa – respondió Santa, con el gesto muy
serio –. Jamás, en serio. Nunca debes cruzarte con ninguno de ellos. Luego, de
vez en cuando, vienes a redactar los informes. Cuando recibas sus cartas,
cotejas una cosa con la otra.
Las cortinas se abrieron y surgió una cama
redonda. Entre unas sábanas negras que escondían varios dildos, asomaba una
chica rubia con obesidad mórbida. Por un lateral del escenario entró un
oriental alto y musculado; por el otro, un alce de cornamenta descomunal.
Justify My Love de Madonna empezó a sonar por el sistema de altavoces del
local. El alce rebufó excitado. Los cascos de sus pezuñas pateaban el suelo
entarimado mientras meneaba la cabeza y mostraba sus encías desdentadas.
– No está castrado – comentó el joven.
– Castramos a los renos. Esto es un alce. Pero
veo que te has informado. Punto a tu favor.
– Pensé que eran el mismo animal.
– Es fácil confundirlos. Los alces tienen los
cuernos más grandes. Y la verga también – dijo Santa, que empezó a reír a
carcajadas. Su tripa temblaba bajo la chaqueta roja. Continuó hablando mientras
se secaba las lágrimas – . Me caes bien, chico. El puesto es tuyo. Vas a saber
lo que es la libertad casi absoluta, si exceptuamos los chavales de la carpeta
que te he dicho. Ni la mires, ¿vale?
– Vale.
– Eh, mírame – dijo, y le cogió por la pechera
–. En serio, chico, aquí mandamos nosotros, pero fuera todo debe ser normal.
¿Entendido?
– Que sí, que sí.
No parecía tan difícil, pensó el joven. A fin
de cuentas, todo el trabajo duro te lo hacen otros, tienes el alojamiento
gratis y, además, nadie supervisa directamente tus tareas. Así que firmó las
mil doscientas páginas del contrato y, para celebrar que ya era oficialmente
Neo Santa, maridó su cacique con una pizca de su propia tiza. Luego se acomodó
en la silla, a la espera de que le avisaran de que Hello Kitty estaba
disponible.
Capítulo 2. Poco
tardó Neo Santa en comprobar que su idea de que había conseguido un chollo de
trabajo, en realidad, se había quedado corta. Una vez que pasaron las primeras
semanas, en las que Santa Claus estuvo pendiente de él, Neo se dedicó a
inventarse los expedientes de los chavales. Primero, se dijo, uno cada ocho o
nueve reales. Días después, al cincuenta por ciento. Para cuando llegó marzo,
era uno real cada ocho inventados. Comprobó que la muchachada, en su mayoría,
era buena gente, y que, en general, de un año para otro no había grandes
cambios de comportamiento.
Neo Santa, sin embargo, sí puso empeño en el
espionaje. Empezando por las niñas de catorce y quince años de edad, en un
entorno donde se comportaban con naturalidad y no había muchos adultos que
pudieran descubrirlo. Por ejemplo, los armarios de los dormitorios o los
vestuarios de las piscinas municipales.
Debido a su inexperiencia, incurrió en varios
errores que casi lo delatan, pero tuvo suerte y logró mantenerse oculto. La
prensa se hizo eco de una especie de histeria colectiva entre las adolescentes,
que hablaban de un joven vestido de rojo que las espiaba, pero se achacó al
efecto de la película Paranormal Activity, recién estrenada. Hubo quien
dijo que podía ser una campaña de márketing de alguna otra película, cosa que
nadie desmintió. En pocos días todo se calmó y Neo Santa aprendió a ser más
cuidadoso.
Un día, inventando expedientes, Neo recordó la
carpeta de los intocables. La buscó y ojeó su contenido. El primer muchacho que
describían aquellos documentos, de nombre Marcelino, tendría unos doce años.
Cientos de páginas sobre las víctimas y múltiples recortes de periódico
resumían sus bromas pesadas, sus travesuras de mal gusto. Una nota en un post
it amarillo decía “no descubrirnos”. Le extrañó. ¿Por qué esa anotación, cuando
se suponía que ninguna persona debía descubrirlos? Quiso saber más del chaval,
pero Santa había salido al Roxanne y no sabía cuando volvería. Aparte de aquel
primer aviso, nunca le había dado mayores indicaciones sobre nada, así que decidió
tener iniciativa y hacerle una visita.
Llegó temprano frente a la casa de Marcelino,
y esperó sentado en una cafetería cercana. Poco después de las ocho lo vio
salir del portal. El chaval encendió un cigarro y comenzó a caminar. Neo le vio
entrar en la frutería cercana e intercambiar unas palabras con el dependiente.
Cuando salió, de un empujón tiró al suelo todas las cajas de la puerta,
haciendo rodar por la calle bananas, pomelos, kiwis, melocotones, nectarinas,
unos tempranos paraguayos y algún melón. Un coche tuvo que frenar en seco al
ver la riada de frutas que se le cruzaba y fue alcanzado por detrás por otro
vehículo. Los conductores se enzarzaron en una discusión. El frutero salió
enfadado. Por toda respuesta, el chico le mostró el dedo corazón con una
sonrisa de fondo. Solo eran las ocho de la mañana.
A las doce, Neo ya había visto bastante. ¿Cómo
no le había hablado Santa de aquel monstruito? ¿Por qué nunca había tomado
cartas en el asunto y le había dado una lección? ¿El resto de adolescentes de
aquella carpeta tenían el mismo comportamiento? Volvió a repasar el expediente
de Marcelino y encontró que todas sus maldades estaban documentadas. La única
acción que había tomado al respecto era comunicarlo a los Reyes Magos con el
aviso de “cuidado”. ¿Nadie había educado a aquel chaval? ¿Por qué avisar a los
tres de oriente? Este año será distinto, se dijo. Este crío va a aprender la
lección. Lo hará por las malas, y arrojó al suelo el post it arrugado.
Neo Santa espió una semana al crío y fue tomando
nota de sus actos. Descubrió que tenía varias rutinas, entre ellas la visita
con posterior agresión al negocio de las frutas. Era su forma de decir buenos
días aquí estoy al mundo.
Al lunes siguiente, minutos antes de las ocho,
Neo Santa, disfrazado con un traje azul marino, una fina corbata y zapatos
negros, entró en la frutería. Miró su reloj y calculó que Marcelino estaba a
punto de llegar. Pagó por un melón, que el dependiente le entregó en una bolsa
de plástico sin publicidad. Al salir se tropezó con el chaval, que ya levantaba
su mano en dirección a las cajas apiladas.
– Cuidado, chico, que te chocas – dijo Neo con
una sonrisa.
– Vete a la mierda – contestó Marcelino.
– Creo que el que se va a ir a la mierda hoy
eres tú – dijo Neo, que levantó la bolsa con el melón con intención de
golpearle.
– ¿Qué coño haces, cabrón? – gritó el chico,
que saltó hacia atrás para esquivar el golpe.
El melón sobrevoló de cerca la cabeza del chico.
Como cualquier objeto que puede rotar al aplicarle una fuerza, el cuerpo de Neo
Santa adquirió una inercia sobre su propio eje que le causó perder el
equilibrio y caer al suelo. El asa se rompió y la bolsa con el melón dentro
rodó por la acera hasta la puerta de la peluquería contigua.
Entonces Marcelino saltó sobre el cuerpo de
Neo, que se tocaba la nuca dolorida por el golpe que acababa de darse, y apoyó
el peso de su cuerpo sobre su pecho. Neo apenas podía respirar.
– Así que tú eres el repuesto del vejestorio,
¿verdad? – dijo Marcelino.
– ¿Qué? – respondió Neo, atónito, a punto del
golpe de tos – . ¿Cómo sabes...?
El muchacho acercó su cara a la de Neo. Sus
ojos de color avellana se inyectaron de sangre, su pupila se contrajo como la
de un felino y una lengua bífida asomó por un hocico lleno de colmillos.
– Porque yo, depravado pederasta de mierda, sé
muchas cosas – respondió eso, y un aliento pútrido cayó sobre la cara de Neo en
forma de babas amarillentas.
– ¿Pero que coño...? – intentó decir, pero le
faltó aire.
El frutero salió y al encontrarse al chico
sobre Neo, con los ojos rojos y la lengua reptiliana colgando, gritó de terror
y corrió a esconderse en su negocio.
– ¡Hoy te libras – le gritó la cosa –, pero
mañana volveré! ¡Cada día que vea que vendes género robado vendré a joderte! Y
en cuanto a ti – dijo a Neo Santa –, si me entero que tú o el viejo hacéis con
los críos algo más que repartir juguetes, no van a ser solo los renos los que
pierdan los huevos. Te estarás quietecito, harás tu trabajo y todo seguirá
siendo normal. ¿Me he explicado, verdad? – bufó la cosa, que, sin esperar
respuesta, se encaramó de un brinco al contenedor de basura azul y de ahí saltó
a la fachada. Esquivando los balcones, reptó por ella hasta desaparecer al otro
lado del edificio.
Neo Santa se encogió sobre el suelo, con los
labios azulados por la falta de oxígeno, y empezó a toser hasta que escupió
sangre. Se levantó apoyando las manos en el suelo. El aire poco a poco volvía a
sus pulmones y empezó a tranquilizarse. Levantó la vista y vio que en la puerta
de la frutería estaba el cartel de cerrado pero las luces del interior seguían
encendidas.
Dolorido, regresó a su cuartel general, buscó
la carpeta y volvió a pegar el posit arrugado sobre ella. Luego se dio una
ducha y se encaminó al Roxanne, donde se sentía a salvo.
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