La otra ausencia de Hipólito Mercedes
Hipólito Mercedes protagonizó,
quince años antes, otra ausencia más breve. Quizá por esa
liviandad la recuerde vagamente, como un mal sueño.
Contaba doce años. Acababan de
ponerle las gafas para la miopía. Por lo demás, ya era tan rubio,
grueso y tímido como siempre lo fue.
La ausencia sucedió un día
que salió con Gabriel. Como llevaban pescando todo el mes decidieron
ir al monte. Su amigo tampoco era proclive a las aventuras, pero el
verano sin colegio se hacía eterno y, recién comidos, se
encontraban ociosos con toda la tarde por delante.
Los dos amigos salieron a la
selva en busca de los panales que las abejas producían. Vestían
camisetas, pantalones cortos y botines. Eran los primeros con
punteras de bronce de sus vidas y nunca se los quitaban, aunque no
había calzado más inapropiado para semejante exploración. Tras una
legua de caminata, Gabriel abandonó. Regresaría a Chivilcoy, a ver
pasar los ómnibuses de la Estación Norte. Construida dos décadas
atrás, la estación había propiciado el desarrollo de la zona
nordeste de la ciudad frente a la sur, más obrera. Ese recién
descubierto perfil urbano atraía al chico. Mercedes, en cambio, se
descalzó los botines, anudó los cordones y se los echó al hombro,
dispuesto a no perder un buen trago de miel natural por no caminar
descalzo.
El chico se adentró casi otra
legua más por la picada central, cortando con un machete las ramas
de los arbustos que le impedían avanzar, en busca del dulce trofeo.
Los minutos pasaron. El viento empezó a refrescar la tarde; la
búsqueda no daba frutos.
Decepcionado, decidió regresar
a casa. Lo hubiera hecho de no ser por un zumbido que llamó su
atención de repente. A pocos metros, las abejas revoloteaban
alrededor de un panal que colgaba de la rama baja de un árbol. Por
saltarse las clases de ciencias naturales del colegio, no sabía si
este tipo de insectos carecía o no de aguijón. Por si acaso, se
acercó con movimientos sutiles. Desgajó con el machete un pedazo
del panal. El viento trajo un aroma ligeramente mentolado. En el
borde desgarrado osciló una gota densa y oscura. Con la punta del
dedo la recogió y se la llevó a la boca. La paladeó, con los ojos
cerrados, concentrada la mente en su sabor. Era dulce, como una
resina afrutada, y dejaba en la garganta un regusto ligero a
eucalipto. ¡Todo un manjar!
Mercedes arrancó otro trozo
mayor. En el hueco se formaron chorritos de miel que se deslizaron
hasta unirse en el borde. Dejó las botas y el machete en el suelo.
Se tumbó debajo, con la boca abierta, calculando el mejor lugar para
que el manjar, en su caída, hiciera diana. Como eran varios los
chorros, no todos caían entre los dientes. Algunos gotarrones dieron
en sus ojos, frente, mejillas. Las abejas acudieron revolotear su
cabeza. Eran mansas, pensó. Sin aguijones. Las espantó con la mano
con la paciencia de una vaca en un prado.
Durante unos minutos no hubo
más que el dulzor en sus papilas y un pensamiento para Gabriel: se
morirá de envidia cuando se lo cuente en la cena.
—Debería volver —se dijo,
observando las primeras luces en el cielo—. Creo que estoy
empachado.
Trató de incorporarse pero no
lo logró. Un cosquilleo, que le recorría las extremidades, le hacía
sentir débil.
—Qué raro —se dijo—, es
como lo de la corrección. Pero aquí no hay.
La corrección, ese río de
hormigas negras que arrasaba todo a su paso, había sido expulsada
rociando pequeñas cantidades de creolina. El ayuntamiento había
anunciado una nueva fumigación antes de finalizar el mes, como
medida de refuerzo contra rebrotes imprevistos. Lo único que quedaba
de la corrección era el recuerdo de los incautos caídos.
—No, no es la corrección
—continuó—, lo que pasa es que he tomado... demasiada...
Su cuerpo perdió toda la
fuerza. Su mirada, perdida en el cielo, se nubló; su mente se diluyó
como azúcar en café.
De golpe, se encontró sentado
en una canoa en mitad del Paraná, con los grillos y las ranas
ofreciendo sus amplios repertorios a la noche.
—¿Qué ha pasado? —se dijo
en voz alta—. ¿Cómo he llegado aquí? ¿Será que he muerto?
La corriente arrastraba la
canoa, acercándola poco a poco a la orilla, donde, entre las
sombras, se distinguía una bandada de flamencos con las patas como
piel de víbora. Al acercarse, uno de ellos, albino, empezó a
graznar con fuerza, provocando la espantada del resto del grupo. Su
vuelo, por un momento, cubrió el cielo de borrones.
La canoa llegó a la orilla.
Mercedes bajó a tierra, donde los yacarés esperaban entre las
tacuaras un descuido. Frente a él se apretaban decenas de árboles
negros muy frondosos. La canoa, como manejada por una mano invisible,
se incorporó a la corriente y, girando sobre sí misma, se perdió
río abajo, siguiendo el reflejo de la luna.
—Qué extraño —pensó—.
Esta zona del Paraná no es la zona de pesca. Nunca he estado aquí.
Un remolino de burbujas se
formó en el centro del agua. De él emergió una tortuga gigante.
Con parsimonia, salió del agua y saludó al chico, que le explicó
que se había perdido.
—Está bien —dijo la
tortuga—. Puedo llevarte una parte del camino. Me viene de paso.
Además, la jungla por la noche es peligrosa. Súbete a mi caparazón.
Mercedes obedeció y la tortuga
echó a andar. Caminaron toda la noche, el día siguiente y su
respectiva noche completa sin parar a descansar. Cuando tenían
hambre o sed, el chico se encargaba de recoger raíces u hojas
húmedas de rocío, y las compartían.
Al segundo día, con el sol en
lo más alto, encontraron un claro en el bosque.
La tortuga se detuvo.
—Aquí te quedas —dijo.
Mercedes brincó hasta el
suelo. El animal se estiró y se deslizó fuera del caparazón,
dejando al descubierto su cuerpo verrugoso y la enorme cicatriz que
le cruzaba el cuello.
—No te asustes, chico —dijo—,
no es nada. Una herida antigua que me curó un amigo. También me
enseñó que sin eso puedo caminar ligera, erguida y con la cabeza
alta.
Caminando sobre sus patas
traseras, la tortuga desapareció entre dos troncos huecos.
Todavía sorprendido, Mercedes
anduvo hasta el otro lado del claro. Allí encontró una gran
avenida, iluminada por numerosas luces de neón que anunciaban
números artísticos magníficos. Le recordó a la calle de los
teatros de Chivilcoy, pero mucho más vistosa.
Un edificio, con un molino de
viento de color carmesí en su tejado era especialmente llamativo.
Sobre la puerta, su nombre convocaba a las masas en letras doradas:
Moulin Rouge. ¡Estaba en París!
Se acercó hasta la puerta,
donde había una cabeza de gallina sobre un charco de sangre. Al
verla, retrocedió con asco. Desde la esquina, alguien pronunció su
nombre.
Era un hombre grueso, vestido
de frac. Sus bigotes eran finos y estaban peinados en vertical.
Sentado en un taburete, que se apoyaba en un cajón con el cartel de
«creolina» pegado sobre la madera, desplumaba a la pobre gallina
recién decapitada. Con las plumas rellenaba una funda de almohada
que sujetaba bajo el brazo. En el suelo se amontonaban más cuerpos
de aves descabezadas. El hombre le hizo un gesto para que se
acercara.
—Monsieur
—dijo—, ¿le
interesaría una chambre
para pasar la noche?
—No sé —respondió
Mercedes—. Estoy un poco confuso. Además, no tengo dinero para
pagarla.
—Pas
problème. Puede
dormir gratuit con
la condición de que use este almohadón.
Lo acabo de terminar de rellenar. ¿Qué me dice, monsieur?,
¿hay trato?
En la calzada, la cabeza
decapitada del ave, con los ojos muy abiertos, no miraba nada.
—Seguiré buscando el camino
a casa, señor.
—Mais
ça en sera pas possible, monsieur —respondió
el hombre, y le lanzó el almohadón a la cara.
Mercedes despertó sofocado.
Tenía la cara pegajosa y la lengua seca como un trapo. El sol
acababa de desaparecer tras las montañas. Sobre una piedra, una gota
de miel había atrapado a una abeja, que luchaba por escapar del
glutinoso abrazo. Sobre su cabeza, el panal seguía goteando líquido
viscoso.
Se levantó, aturdido. Al
apoyar el peso de su cuerpo notó un malestar en el pie. ¿Una
picadura de barigüí? Pisó el suelo con fuerza hasta que la
sensación desapareció. Entonces oyó unas voces próximas gritando
su nombre. Eran sus tíos Eglé y Darío.
—¡Estoy
aquí! —gritó—. ¡Aquí!
El matrimonio apareció por la
picada con caras compungidas.
—Gracias
al Señor Dios Todopoderoso —dijo la tía Deglé mientras le
abrazaba—. ¿Estás bien?
—Creo
que tomé demasiada miel, lo siento. ¿Cuántos días he estado
perdido?
—¿Días?
Solo son las ocho —dijo el tío, inspeccionando el panal—. Esta
miel no está para consumir. ¿No notaste que huele a eucalipto?
El chico asintió. No se
atrevió a compartir con ellos su sueño, aunque le había parecido
tan real.
—¿Y
Gabriel? —preguntó Mercedes, mientras recogía el machete y los
botines—. No quiero que se sienta mal por haberme dejado solo.
Eglé y Darío se miraron.
—Cariño
—dijo ella—, a tu amigo lo atrapó la corrección a la entrada de
la picada. Encontraron sus restos hace una hora.
—Hoy
no era tu día, Hipólito —dijo su tío—, pero recuerda: algún
día lo será.
Regresaron a la hacienda en
silencio. La tía Deglé llevó a Mercedes a casa del médico, en
Villarino, quien, después de un chequeo, dictaminó que no existía
daño físico, incluyendo el propio de piques o uras. También
aseguró que, sin un elemento que la provocara, como había sido la
miel corrupta, era improbable que sufriera otro episodio similar de
congestión cerebral.
—Lo
que no significa que no se pueda repetir en un futuro —añadió.
Días después regresó a la
consulta para un chequeo de seguimiento. El doctor le preguntó si
había algo que quisiera comentar antes de firmar el informe de cura
definitivo. El muchacho negó con la cabeza y, bajo la incrédula
mirada del doctor, el asunto se dio por zanjado.
Así terminó el verano y la
niñez de Mercedes, con una mezcla de pena, culpabilidad y miedo
sabiendo que algún día llegará su día.
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